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Raúl Heraud, poeta peruano

...En esta noche antropófaga/ en que mi altura/ descansa su sexo/ y la mujer que voy siendo/ no termina de ser yo,/ maldigo la hora/ en que regreso/ con todo mi dolor/ a este hueco/ sin madre/ sin ternura/ sin amor"....

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Raúl Heraud, poeta peruano

La Molina, Perú
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"Raúl Heraud o la confesión existencial del hombre desgarrado" Dicen los que entienden mucho de poesía, que las formas han sido ya todas experimentadas. Que la poesía es (o será) un eterno reescribir sobre rutas ya trazadas. Que cada poeta aporta con su decir al enriquecimiento de su idioma, el descubrir que está en permanente metamorfosis, justificando esto la razón (o una de las razones) de ser del aeda. Y tenemos ejemplos: Dylan Thomas, Jacques Roubaud, Octavio Paz, entre otros, cuya obra, tras la aparente novedad, tiene, en sus más intimas raíces, cimientos de tradición; tradición que cada uno de ellos supo asimilar y emprender por distintos caminos, emparentados, eso sí, por el magisterio de lo clásico. De modo que en esta contemporaneidad apenas iniciada para algunos, y ya acabada para otros (muy a su pesar), o ni siquiera emprendida (por lo más), podemos decir que hay quienes asumen la seguridad de la forma establecida, para a partir de allí, elaborar su discurso ya sin los riesgos de una supuesta experimentación. Estos emprenden su aventura poética haciendo suya una tradición, tradición que de por sí los respalda pero también les impone un reto: el reto de la diversidad. En este afán encontramos poetas cuya voz balbucea, se despoja de lujo verbal o se arropa con él; pretende crear partituras partiendo en trizas su creación, se encorseta, se dispersa, se fragmenta, intenta hacerse cronista, congela en puras ciencias matemáticas o físicas la Poiesis, queriendo hacer del poemario, un objeto mecánico en sus partes, para demostrar al lector una rígida secuencia escritural, inaprensibles pinzas momificantes de nuestro tiempo: la planificación. Dentro de este contexto, el joven poeta, Raúl Heraud Alcázar (1970), nos presenta su segundo poemario titulado: “Respuesta para Tres o Cuatro”, rótulo muy a tono con el tiempo en que vivimos y que se nos muestra preliminar como un acertijo para formularnos y respondernos aun antes de hacer ingreso al libro. Y lo que inmediatamente notamos es cierta prolongación de temas como el desencanto, el hastío, incluso la culpa/inocencia de estar en este mundo, con respecto a su primer poemario: “Hecho de Barro” (2001), editado por el departamento de publicaciones e impresiones de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, responsable también de este libro que nos ocupa. “Respuesta para Tres o Cuatro” nos sugiere el resultado de un largo proceso terapéutico grupal, en donde el protagonista/ protagonistas, pacientes/impacientes de un tratamiento existencial, echan por todos los poros del cuerpo las respuestas esperadas o parte de la significativa catarsis con sus complejos, culpas y traumas adquiridos a lo largo de sus vidas, volcado todo esto en versos que son la expresión del desasosiego y la desesperación con la única certeza de la mortalidad presente en varios de sus poemas: “Sólo sé que hay algo/ ahí dentro/ en el fondo/ no soy yo/ pero se está muriendo”. Mostrando a su vez una ambigüedad y un pesimismo radical cuyo significado sofoca las páginas del poemario haciéndonos creer estar en el purgatorio donde cada poema/ testimonio y cada hombre, autor de los mismos, dialogan confesando sus miedos ante un verdugo encapuchado personificado por la palabra misma. Por otro lado, cabe resaltar también la relación que establece en el poema “Edípico” entre la hembra-mujer-madre-pantalón, vale decir, entre la persona del sexo opuesto y los objetos de uso cotidiano que debe eliminar y de los cuales se encargará inexorable el tiempo, para luego decir culminante:…”soy al final del pasillo/ insufrible masa arrojada y esquizoide…// carroña de alguna creación impura”. Suerte de corifeo de la obra teatral que es el vivir, es también registro de un decir ultraterreno: “Cuando deseo el silencio sepulcral/ de tus manos/ y no estás (…) creo ser el cuarto/ en que te espera/ cada hombre/ cada átomo/ cada yo”. O cuando nos dice imprecativo: “la casa se está quemando padre/ y de este lado de la mesa/ nadie se atreve/ a levantar tus restos”, desgarradores versos provistos de una vitalidad diferente. Es de anotar el sentido andrógino del poema “Carne”: En esta noche antropófaga/ en que mi altura/ descansa su sexo/ y la mujer que voy siendo/ no termina de ser yo,/ maldigo la hora/ en que regreso/ con todo mi dolor/ a este hueco/ sin madre/ sin ternura/ sin amor”, puede referirse a un ser en gestación que está siendo testigo de una penetración (psicoanálisis aquí), o de un ovulo o espermatozoide imaginarse haber adquirido el sexo femenino y haber también alcanzado la mayoría de edad y desear volver a lo que fue(psicoanálisis aquí también) o, in extremis un “súcubo desesperanzado” ante el negado semen reproductivo (exorcismo aquí). Menciones también el uso de las palabras anatómico/ fisiológico/ mentales, como una forma de impotencia, enfermedad o mutilación a saber: vientre, piernas, neuronas, esquizoide, nervios, cerebro, occipital izquierdo, eyaculo, neuróticas, hipocondríacos, extremidades, psicológico, mandíbulas, estómagos, etc., que nos ayudan a comprender mejor el discurso inconciente de los pacientes/ impacientes. Creemos pues, que Raúl Heraud avanza en su aventura poética, y aunque asume la seguridad de la forma establecida ahora con mayor libertad que en el primer libro, extrañamos la solvencia del juego semántico del mismo, pero no por ello desdeñamos la madurez de su segundo libro escrito, en donde nos vemos como sus pacientes o él nos ve como tales, habitantes y lectores suyos en medio de esta ciudad de tres por cuatro o de barro. Miguel Ángel Guzmán, poeta peruano.

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